2005-09-10
Autopista perdida (no es en honor a Lynch)
La rana llega puntual. Se siente más nerviosa que sapo en autopista y sabe que las cosas no saldrán muy bien. Enciende pronto un cigarrillo y finge comodidad al sentarse en la sala a esperar. Toma café en una pequeña taza que sostiene a dos manos porque teme romperla con sus torpes y frías patas anfibias.
El cigarrillo se acaba, también el tinto. Llega la hora anunciada. Se tira a la vía, no recuerda nada de sus viejas aventuras. Piensa en correr, o más específicamente, en saltar hacia el asfalto caliente de una vez. Ni un salto atrás. Y le duele cada uno de los pequeños músculos de su pata delantera derecha. Piensa que tiene demasiados músculos, algunos que quizás jamás había sentido. Y el calor parece aumentar cada vez más.
Rana pasa la primera hora en suplicio. Luego, algo maravilloso. De repente la pata puede moverse al ritmo de unos sonidos que no son automóviles a mil por hora. Es una voz. Una guía, que ríe, a veces habla sin decir palabras y otras veces canta. Magia, magia. La rana saltaba feliz, y sus patas acostumbradas al calor de la autopista seguían la poesía del reto. La rana volvió a pintar.
