2005-09-12
El Manchego
Ya sabía yo que algo quijotesco estaba por venir en estos días. La conspiración empezó con aquel cenicero psicoanalíticamente orientado y luego llegó en forma de metáfora gringa. Por supuesto que no evitaré por más tiempo el meterme en el mundo oscuro de los delirios del caballero hidalgo, para recordar por qué es para mí el mejor de los libros (aunque no sea muy original en el intento).
Empezar a describir el lugar del libro es buena idea, dado el asunto etílico post-concierto de jazz fusión colombiano (ver el trabajo del señor Antonio Arnedo francamente eriza los pelos, y recuerda lo bueno que puede ser el sueño loco de hacer mezclas de ritmos negros de dos lugares distintos). Así que me ubico en el imaginario de niña que recién comienza a leer, después de un serio debate parental acerca de las primeras elecciones para nutrir la mente de la muchachita, mi madre y mi padre acordaron regalarme mi primera edición del Quijote.
¿Y tiene muñequitos?
Pues claro que tenía. Las ilustraciones elaboraban al hombre enjuto y elástico que era el ingenioso caballero andante. Por cosas de la vida, me interesó mucho el personaje de Sancho. Y creo que esas cosas tienen que ver con que cada loco tiene su incondicional, si quiere realizar el delirio. Esas cosas ya las aprendí un poquito más adelante en la vida, pero intuía la renacuaja que el Sancho era un amigo envidiable, de esos que todo el mundo debiera tener pero que raramente encuentra.
Y claro. Perdidamente enamorada del viejo loco, me lancé a discutir mi primer amor con mi padre. No sabía yo de la locura, ni del amor, ni del deseo del bien ajeno, ni de la belleza de la amistad. Pero eso sí, aprendí mucho de los molinos de viento, de los héroes y sus princesas y del mundo feliz de un viejo solitario y enfermo.
Pasan los años y cambia la lectura, obviamente tamizada por el conocimiento que la vida le impone a uno en cada charco que cae. Así que ahora la bella narrativa de Cervantes es vista con el ojo de la rana. Y efectivamente, puede verse la frustración, el distanciamiento de la realidad que permite hacerla más bella, la posibilidad de creer y apasionarse por una causa lo suficiente como para darle sentido a cada respiro, a cada salto.
El libro ha cambiado, y su lectura seguramente será mucho más completa conforme llegue a la vejez. Creo que por fin entenderé el valor de la obra si puedo llegar hasta el molino de viento con el sueño intacto y el coraje de seguir aferrándome a él.