2005-09-13
De lo real y lo ficticio
Como cosa rara esta mañana hubo honestidad en el trabajo. Raro en Colombia, ya lo dice el señor Juan Manuel Cáceres en el libreto de Los Reyes. Muy raro. Momentáneo, quizás oportuno reflejo de honestidad. Ahora resulta que la tendencia de la tele es a presentar la realidad mientras la gente común y corriente busca sostener su propia ficción. Trato de revisar el asunto desde los orígenes de la rana.
Mi abuelo tuvo sus jugadas ilícitas, pero fue un tipo honesto. Que si, que recoger tabaco para ganarse una plata. Que si, engañar a la abuela con alguna que otra mujer. Lo de todo el mundo. Pero no mentía.
Y si, mi otro abuelo fue maltratante y liberal (combinación colombiana constante). Pero tampoco decía mentiras.
Ambos fueron campesinos, hijos más del trabajo y de la tierra que de sus padres. Nada de filosofías pecuecas, nada de buscar el sentido de la vida. Puro gozo y deber en múltiples formas. Sus mujeres, fueron madres y esposas. No hubo tiempo ni posibilidad de pensar en nada más. Pura realidad, de hecho y de palabra.
Mi padre, mentía mucho. Mi madre, nos mentía sobre él. Me gustan tanto ésas ficciones que prefiero vivir engañada antes que soportar lo aburrido/duro de la realidad.
Ahí esta la realidad: tienen una hija que se cambió de humana a rana, otra que diseña espacios de la nada, otro que inventa cosas.
¿Será que en la búsqueda de lo que vinimos a hacer al mundo nos echamos una carretada de mentiras encima y tratamos de convertirlas en verdades?