2005-10-21
Crónica de fé
Estoy a escasas 96 horas de dejar el mejor trabajo que he tenido hasta la fecha. El asunto obedece a esto y a esto.
Trabajo en serio desde 1999. Ese año decidí que haría algo más que saltar en el charco feliz de la vagancia. Empezó entonces la rana a enseñar, incluso saltó un buen pedazo de continente para seguir enseñando. La cuestión del trabajo siempre ligada al lenguaje, que quizás por cosas del destino anfibio, pertenece desde siempre a los placeres del charco de la suscrita. (La rana tuvo padre lector y madre conversadora, nada qué hacer).
Aprendí a leer en kínder. En primaria sabía lo que eran Verne, García Márquez y Poe. Lloraba, jugaba y reía con los libros. La adolescencia fue época de Stendhal, Gorki, Allende. Escapé a los dolores más intensos por medio de un libro, y supe lo que era amar cuando leí a Neruda y a Silva.
Llegué a la universidad convencida del poder curativo de las palabras. Y sigo creyendo en ese poder. Creo que el lenguaje es lo único que nos permite soportar ese mundo espantoso y febril; es además expresión de la belleza, en todas sus formas.
Así que siempre he trabajado con las palabras: ya sea enseñando a otros a decirlas, ya sea analizandolas. Creo que soy adicta al cine y a la música sólo porque son formas mágicas del acto de hablarle a alguien.
Ahora que tengo que irme de Siloé, me quedan muchas palabras pendientes. Y serán dichas y oídas, algun día.