Virus #4

Esto es como una epidemia. Ahora, yo estoy contagiada por el extraño virus numero cuatro, que anda rondando las bitácoras caleñas, cortesía de la mujer del conejo blanco. Desde mi experiencia como auxiliar de investigación en maltrato infantil, psicóloga comunitaria, profesora de español en preescolar y psicoanalista en ciernes, puedo hacer el siguiente diagnóstico sin temor a equivocarme: la llevo.

La quietud que impone esta enfermedad, me lleva por los caminos del deseo delirante: me imagino como pianista y cantante de jazz, como curadora de museo de arte moderno, el champú se me correría de la felicidad de ser astronauta. Pero la máxima, como lo dice el texto de presentación de la rana, me veo como pintora, específicamente a principios de siglo XX, en Europa, en un estudio pequeño y húmedo, cual charco. A propósito de charcos, me fascinaría conocer las poblaciones y las gentes de Sydney, Oaxaca, Sofía y Martinica.

Mientras me curo, me acompañarán cuatro fieles y fascinantes personajes: el guerrero loco, el escritor enamorado, el actor perdido en la capital del Japón y el estudiante de medicina en busca de su identidad. Cuando no sean ellos, serán entonces los gringos de la tele: los hermanos que quieren escapar de la cárcel, los cirujanos plásticos, los perdidos en la isla y los dos hombres y medio. Que me consientan con comidas que me hacen feliz, como quiche de jamón y queso con mucha albahaca y tomate, trucha al ajillo, tostadas de plátano verde y pastel de chocolate. Cuando termine mi cena, no podré evitar esta adicción a estar metida en las vidas de otros, y tendré que entrar de nuevo a revisar mi correo electrónico, las bitácoras colombianas, la del periódico local y la de google para resolver esa pregunta que siempre tengo en la cabeza.

Cuando caigo enferma, llegan a mi cabeza imágenes de lugares (charcos) del pasado, como recordándome antiguas fiebres y malestares. Bogotá, con las gripas fuertes después de una noche de juerga; Atlanta, y el dolor en la espalda por las sillas del metro; Nápoles (Cali), y la piel quemada por exponerme demasiado al sol en el balcón; Tequendama (Cali), y los pies cansados de tanto andar. Claro que también aparecen los espacios placenteros, aquellos que me recuerdan que tarde o temprano volveré a estar bien de nuevo: el lago en Edmonton, las playas del Rosario, el muelle en Charleston, y las calles de Manhattan, las del barrio Chino. Pienso que en lugar de estar yo sola con esta epidemia, quisiera contagiar a otros. Es que definitivamente, eso de la melancolía colectiva es de lo mejor que hay. Sin embargo, sólo quien desee contagiarse, lo hará.

 
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