Le dije a mi médico una mentira esta tarde. Fantaseaba fumando en el parque con la idea de un gesto de rabia suyo al descubrir el engaño. Como
Agustina después de su encuentro con el novio de turno cuando le dice al padre (fumando rabioso en la sala de la casa a medianoche) que llega del cine. Lo cierto es que estuvo tocando La Gran Vela en el interior del Volkwagen mientras comía perros calientes en el Crem Helado.
El médico me ha dicho que no regrese, pues estoy bien. Ironía. Maldita histeria.
Las cosas que las palabras dicen no siempre son ciertas, pero la verdad es tambien una pequeña propaganda de honestidad, que nunca termina de convencer. Hay muchas formas de mentir, una de ellas es simplemente no tener en cuenta las palabras del otro, y asentir gentilmente o aplicar el viejo truco del aja, si, claaaro, me imagino… es fascinante tratar de descifrar las veces que miento en un día, sea o no intencional, sea o no consciente el hecho… creo que el unico lugar donde no existen ni lo verdadero ni lo falso aparece cuando duermo y la potencia de mi pequeño cerebro finalmente se hace acto, como dicen que diría Aristóteles (que el lector no vea nada peyorativo al decir pequeño, pero es que me gusta imaginar lo pequeñísmo que es comparado con el de una ballena).
Una buena definición de la realidad puede ser la de un espacio donde existe la posibilidad de mentir.
No es que piense que las mentiras deben dejar de existir, eso significaría que estoy psicótica o quiero vivir un eterno sueño (me engañaría a mi misma, paradójicamente). Qué sería del mundo sin ellas? Desaparecerían el amor, las relaciones de pareja, el autoengaño, el delirio, el delito, el sexo, la depresión, el feminismo, los estudios profesionales, la política y, tristemente, la que más me gusta de sus formas: la ficción literaria.
No señor Padre, mentir no es pecado. Pecado es dejar de hablar de las mentiras como si fueran verdades.
Los mejores charcos son los que se improvisan, palabra de rana.