Adaptación

El miedo que logra consumir a todos los que hemos sufrido por y de amor, también paraliza. De ahi la obsesión por los árboles. Pero eso no quiere decir que uno no se adapte, cual rana que es.

Tell me why can’t it be true

I’ll never love again
Can I say that to you
Will you run away
If I try to be true
Cherry blossom girl
Cherry blossom girl

I’ll always be there for you
That means no time to waste
Whenever there’s a chance
Cherry blossom girl

Tell me why can’t it be true

Lugares para caminar I

Cuando uno debe someterse a las insoportables temperaturas que Cali (ente?) impone, es siempre útil la adaptación. En la primera entrega de lugares para caminar es importante hacer mención a esos pequeños espacios que funcionan como oasis urbanos.
Este es Oasis uno.

Si señores, la famosa, la incomparable, la sismorresistente y la emblemática Ermita. Por supuesto, se pensará que la rana pela el cobre religioso con este tipo de post. Bueno, si. Pero es un hecho que el interior de la iglesia calma el calor, y su oscuridad es perfecta para hacerle una buena defensa al solazo implacable que nos pone a sufrir y a decir barbaridades desde que tengo uso de razón.
La hora adecuada para surtir máximo efecto es la tarde, a eso de las 3:00, a finales de julio. Es el mejor momento. A esa hora los buses, taxis y sus conductores rugen en la 13, los vendedores formales e informales insisten en abarrotar el espacio caminable con ruidos de todo tipo y musicas estridentes, los bebedores que ya asoman a los estancos de la misma 13 sudorosos en busca de algo que alivie sus acaloradas gargantas, el olor a café recién colado y a pandebono caliente son avasalladores. Obviamente, el calor aumenta con la posibilidad de ser atacado por los ladrones, que pueden jugarte la del abrazo del oso, la camaleona, entre otras estrategias de hurto ya conocidas por cualquier aterrado televidente de Noticias RCN.
Al entrar en la iglesia, todo esto parece irse a kilómetros de distancia… oasis Uno.
Frase urbana del día: Qué bochorno!!!

Después del almuerzo

La Cena, Jose Molina, 2003
El pintor colombiano Jose Molina me ha enviado amablemente este cuento, que me parece fascinante.

 

Después del almuerzo

Por Julio Cortázar

Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo.

Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.

Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.

-Para que te compres alguna cosa -me dijo al oído-. Y no te olvides de darle un poco, es preferible.

Yo la besé en la mejilla, más contento, y pasé delante de la puerta de la sala donde estaban papá y mamá jugando a las damas. Creo que les dije hasta luego, alguna cosa así, y después saqué el billete de cinco pesos para alisarlo bien y guardarlo en mi cartera donde ya había otro billete de un peso y monedas.

Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta que daba al jardín de adelante. Una o dos veces sentí la tentación de soltarlo, volver adentro y decirles a papá y mamá que él no quería venir conmigo, pero estaba seguro de que acabarían por traerlo y obligarme a ir con él hasta la puerta de calle. Nunca me habían pedido que lo llevara al centro, era injusto que me lo pidieran porque sabían muy bien que la única vez que me habían obligado a pasearlo por la vereda había ocurrido esa cosa horrible con el gato de los Álvarez. Me parecía estar viendo todavía la cara del vigilante hablando con papá en la puerta, y después papá sirviendo dos vasos de caña, y mamá llorando en su cuarto. Era injusto que me lo pidieran.

Por la mañana había llovido y las veredas de Buenos Aires están cada vez más rotas, apenas se puede andar sin meter los pies en algún charco. Yo hacía lo posible para cruzar por las partes más secas y no mojarme los zapatos nuevos, pero en seguida vi que a él le gustaba meterse en el agua, y tuve que tironear con todas mis fuerzas para obligarlo a ir de mi lado. A pesar de eso consiguió acercarse a un sitio donde había una baldosa un poco más hundida que las otras, y cuando me di cuenta ya estaba completamente empapado y tenía hojas secas por todas partes. Tuve que pararme, limpiarlo, y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando. No quiero mentir, en realidad no me importaba tanto que nos miraran (que lo miraran a él, y a mí que lo llevaba de paseo); lo peor era estar ahí parado, con un pañuelo que se iba mojando y llenando de manchas de barro y pedazos de hojas secas, teniendo que sujetarlo al mismo tiempo para que no volviera a acercarse al charco. Además yo estoy acostumbrado a andar por las calles con las manos en los bolsillos del pantalón, silbando o mascando chicle, o leyendo las historietas mientras con la parte de abajo de los ojos voy adivinando las baldosas de las veredas que conozco perfectamente desde mi casa hasta el tranvía, de modo que sé cuándo paso delante de la casa de la Tita o cuándo voy a llegar a la esquina de Carabobo. Y ahora no podía hacer nada de eso y el pañuelo me empezaba a mojar el forro del bolsillo y sentía la humedad en la pierna, era como para no creer en tanta mala suerte junta.

A esa hora el tranvía viene bastante vacío, y yo rogaba que pudiéramos sentarnos en el mismo asiento, poniéndolo a él del lado de la ventanilla para que molestara menos. No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo. Por eso me afligí al subir, porque el tranvía estaba casi lleno y no había ningún asiento doble desocupado. El viaje era demasiado largo para quedarnos en la plataforma, el guarda me hubiera mandado que me sentara y lo pusiera en alguna parte; así que lo hice entrar en seguida y lo llevé hasta un asiento del medio donde una señora ocupaba el lado de la ventanilla. Lo mejor hubiera sido sentarse detrás de él para vigilarlo, pero el tranvía estaba lleno y tuve que seguir adelante y sentarme bastante más lejos. Los pasajeros no se fijaban mucho, a esa hora la gente va haciendo la digestión y está medio dormida con los barquinazos del tranvía. Lo malo fue que el guarda se paró al lado del asiento donde yo lo había instalado, golpeando con una moneda en el fierro de la máquina de los boletos, y yo tuve que darme vuelta y hacerle señas de que viniera a cobrarme a mí, mostrándole la plata para que comprendiera que tenía que darme dos boletos, pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender, dale con la moneda golpeando contra la máquina. Me tuve que levantar (y ahora dos o tres pasajeros me miraban) y acercarme al otro asiento.

«Dos boletos», le dije. Cortó uno, me miró un momento, y después me alcanzó el boleto y miró para abajo, medio de reojo. «Dos, por favor», repetí, seguro de que todo el tranvía ya estaba enterado. El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio, iba a decirme algo pero yo le alcancé la plata y me volví en dos trancos a mi asiento, sin mirar para atrás. Lo peor era que a cada momento tenía que darme vuelta para ver si seguía quieto en el asiento de atrás, y con eso iba llamando la atención de algunos pasajeros. Primero decidí que sólo me daría vuelta al pasar cada esquina, pero las cuadras me parecían terriblemente largas y a cada momento tenía miedo de oír alguna exclamación o un grito, como cuando el gato de los Álvarez. Entonces me puse a contar hasta diez, igual que en las peleas, y eso venía a ser más o menos media cuadra. Al llegar a diez me daba vuelta disimuladamente, por ejemplo arreglándome el cuello de la camisa o metiendo la mano en el bolsillo del saco, cualquier cosa que diera la impresión de un tic nervioso o algo así.

Como a las ocho cuadras no sé por qué me pareció que la señora que iba del lado de la ventanilla se iba a bajar. Eso era lo peor, porque le iba a decir algo para que la dejara pasar, y cuando él no se diera cuenta o no quisiera darse cuenta, a lo mejor la señora se enojaba y quería pasar a la fuerza, pero yo sabía lo que iba a ocurrir en ese caso y estaba con los nervios de punta, de manera que empecé a mirar para atrás antes de llegar a cada esquina, y en una de esas me pareció que la señora estaba ya a punto de levantarse, y hubiera jurado que le decía algo porque miraba de su lado y yo creo que movía la boca. Justo en ese momento una vieja gorda se levantó de uno de los asientos cerca del mío y empezó a andar por el pasillo, y yo iba detrás queriendo empujarla, darle una patada en las piernas para que se apurara y me dejara llegar al asiento donde la señora había agarrado una canasta o algo en el suelo y ya se levantaba para salir. Al final creo que la empujé, la oí que protestaba, no sé cómo llegué al lado del asiento y conseguí sacarlo a tiempo para que la señora pudiera bajarse en la esquina. Entonces lo puse contra la ventanilla y me senté a su lado, tan feliz aunque cuatro o cinco idiotas me estuvieran mirando desde los asientos de adelante y desde la plataforma donde a lo mejor el chinazo les había dicho alguna cosa.

Ya andábamos por el Once, y afuera se veía un sol precioso y las calles estaban secas. A esa hora si yo hubiera viajado solo me habría largado del tranvía para seguir a pie hasta el centro, para mí no es nada ir a pie desde el Once a Plaza de Mayo, una vez que me tomé el tiempo le puse justo treinta y dos minutos, claro que corriendo de a ratos y sobre todo al final. Pero ahora en cambio tenía que ocuparme de la ventanilla, que un día alguien había contado que era capaz de abrir de golpe la ventanilla y tirarse afuera, nada más que por el gusto de hacerlo, como tantos otros gustos que nadie se explicaba. Una o dos veces me pareció que estaba a punto de levantar la ventanilla, y tuve que pasar el brazo por detrás y sujetarla por el marco. A lo mejor eran cosas mías, tampoco quiero asegurar que estuviera por levantar la ventanilla y tirarse. Por ejemplo, cuando lo del inspector me olvidé completamente del asunto y sin embargo no se tiró. El inspector era un tipo alto y flaco que apareció por la plataforma delantera y se puso a marcar los boletos con ese aire amable que tienen algunos inspectores. Cuando llegó a mi asiento le alcancé los dos boletos y él marcó uno, miró para abajo, después miró el otro boleto, lo fue a marcar y se quedó con el boleto metido en la ranura de la pinza, y todo el tiempo yo rogaba que lo marcara de una vez y me lo devolviera, me parecía que la gente del tranvía nos estaba mirando cada vez más. Al final lo marcó encogiéndose de hombros, me devolvió los dos boletos, y en la plataforma de atrás oí que alguien soltaba una carcajada, pero naturalmente no quise darme vuelta, volví a pasar el brazo y sujeté la ventanilla, haciendo como que no veía más al inspector y a todos los otros. En Sarmiento y Libertad se empezó a bajar la gente, y cuando llegamos a Florida ya no había casi nadie. Esperé hasta San Martín y lo hice salir por la plataforma delantera, porque no quería pasar al lado del chinazo que a lo mejor me decía alguna cosa.

A mí me gusta mucho la Plaza de Mayo, cuando me hablan del centro pienso en seguida en la Plaza de Mayo. Me gusta por las palomas, por la Casa de Gobierno y porque trae tantos recuerdos de historia, de las bombas que cayeron cuando hubo revolución, y los caudillos que habían dicho que iban a atar sus caballos en la Pirámide. Hay maniseros y tipos que venden cosas, en seguida se encuentra un banco vacío y si uno quiere puede seguir un poco más y al rato llega al puerto y ve los barcos y los guinches. Por eso pensé que lo mejor era llevarlo a la Plaza de Mayo, lejos de los autos y los colectivos, y sentarnos un rato ahí hasta que fuera hora de ir volviendo a casa. Pero cuando bajamos del tranvía y empezamos a andar por San Martín sentí como un mareo, de golpe me daba cuenta de que me había cansado terriblemente, casi una hora de viaje y todo el tiempo teniendo que mirar hacia atrás, hacerme el que no veía que nos estaban mirando, y después el guarda con los boletos, y la señora que se iba a bajar, y el inspector. Me hubiera gustado tanto poder entrar en una lechería y pedir un helado o un vaso de leche, pero estaba seguro de que no iba a poder, que me iba a arrepentir si lo hacía entrar en un local cualquiera donde la gente estaría sentada y tendría más tiempo para mirarnos. En la calle la gente se cruza y cada uno sigue viaje, sobre todo en San Martín que está lleno de bancos y oficinas y todo el mundo anda apurado con portafolios debajo del brazo. Así que seguimos hasta la esquina de Cangallo, y entonces cuando íbamos pasando delante de las vidrieras de Peuser que estaban llenas de tinteros y cosas preciosas, sentí que él no quería seguir, se hacía cada vez más pesado y por más que yo tiraba (tratando de no llamar la atención) casi no podía caminar y al final tuve que pararme delante de la última vidriera, haciéndome el que miraba los juegos de escritorio repujados en cuero. A lo mejor estaba un poco cansado, a lo mejor no era un capricho. Total, estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención. Al final no pude más y lo agarré otra vez, haciéndome el que caminaba con naturalidad, pero cada paso me costaba como en esos sueños en que uno tiene unos zapatos que pesan toneladas y apenas puede despegarse del suelo. A la larga conseguí que se le pasara el capricho de quedarse ahí parado, y seguimos por San Martín hasta la esquina de la Plaza de Mayo. Ahora la cosa era cruzar, porque a él no le gusta cruzar una calle. Es capaz de abrir la ventanilla del tranvía y tirarse, pero no le gusta cruzar la calle. Lo malo es que para llegar a la Plaza de Mayo hay que cruzar siempre alguna calle con mucho tráfico, en Cangallo y Bartolomé Mitre no había sido tan difícil, pero ahora yo estaba a punto de renunciar, me pesaba terriblemente en la mano, y dos veces que el tráfico se paró y los que estaban a nuestro lado en el cordón de la vereda empezaron a cruzar la calle, me di cuenta de que no íbamos a poder llegar al otro lado porque se plantaría justo en la mitad, y entonces preferí seguir esperando hasta que se decidiera. Y claro, el del puesto de revistas de la esquina ya estaba mirando cada vez más, y le decía algo a un pibe de mi edad que hacía muecas y le contestaba qué sé yo, y los autos seguían pasando y se paraban y volvían a pasar, y nosotros ahí plantados. En una de esas se iba a acercar el vigilante, eso era lo peor que nos podía suceder porque los vigilantes son muy buenos y por eso meten la pata, se ponen a hacer preguntas, averiguan si uno anda perdido, y de golpe a él le puede dar uno de sus caprichos y yo no sé en lo que termina la cosa. Cuanto más pensaba más me afligía, y al final tuve miedo de veras, casi como ganas de vomitar, lo juro, y en un momento en que paró el tráfico lo agarré bien y cerré los ojos y tiré para adelante doblándome casi en dos, y cuando estuvimos en la Plaza lo solté, seguí dando unos pasos solo, y después volví para atrás y hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación.

Pero esas cosas se pasan en seguida, vimos que había un banco muy lindo completamente vacío, y yo lo sujeté sin tironearlo y fuimos a ponernos en ese banco y a mirar las palomas que por suerte no se dejan acabar como los gatos. Compré manises y caramelos, le fui dando de las dos cosas y estábamos bastante bien con ese sol que hay por la tarde en la Plaza de Mayo y la gente que va de un lado a otro. Yo no sé en qué momento me vino la idea de abandonarlo ahí; lo único que me acuerdo es que estaba pelándole un maní y pensando al mismo tiempo que si me hacía el que iba a tirarles algo a las palomas que andaban más lejos, sería facilísimo dar la vuelta a la pirámide y perderlo de vista. Me parece que en ese momento no pensaba en volver a casa ni en la cara de papá y mamá, porque si lo hubiera pensado no habría hecho esa pavada. Debe ser muy difícil abarcar todo al mismo tiempo como hacen los sabios y los historiadores, yo pensé solamente que lo podía abandonar ahí y andar solo por el centro con las manos en los bolsillos, y comprarme una revista o entrar a tomar un helado en alguna parte antes de volver a casa. Le seguí dando manises un rato pero ya estaba decidido, y en una de esas me hice el que me levantaba para estirar las piernas y vi que no le importaba si seguía a su lado o me iba a darle manises a las palomas. Les empecé a tirar lo que me quedaba, y las palomas me andaban por todos lados, hasta que se me acabó el maní y se cansaron. Desde la otra punta de la plaza apenas se veía el banco; fue cosa de un momento cruzar a la Casa Rosada donde siempre hay dos granaderos de guardia, y por el costado me largué hasta el Paseo Colón, esa calle donde mamá dice que no deben ir los niños solos. Ya por costumbre me daba vuelta a cada momento pero era imposible que me siguiera, lo más que quería estar haciendo sería revolcarse alrededor del banco hasta que se acercara alguna señora de la beneficencia o algún vigilante.

No me acuerdo muy bien de lo que pasó en ese rato en que yo andaba por el Paseo Colón que es una avenida como cualquier otra. En una de esas yo estaba sentado en una vidriera baja de una casa de importaciones y exportaciones, y entonces me empezó a doler el estómago, no como cuando uno tiene que ir en seguida al baño, era más arriba, en el estómago verdadero, como si se me retorciera poco a poco; y yo quería respirar y me costaba, entonces tenía que quedarme quieto y esperar que se pasara el calambre, y delante de mí se veía como una mancha verde y puntitos que bailaban, y la cara de papá, al final era solamente la cara de papá porque yo había cerrado los ojos, me parece, y en medio de la mancha verde estaba la cara de papá. Al rato pude respirar mejor, y unos muchachos me miraron un momento y uno le dijo al otro que yo estaba descompuesto, pero yo moví la cabeza y dije que no era nada, que siempre me daban calambres, pero se me pasaban en seguida. Uno dijo que si yo quería que fuera a buscar un vaso de agua, y el otro me aconsejó que me secara la frente porque estaba sudando. Yo me sonreí y dije que ya estaba bien, y me puse a caminar para que se fueran y me dejaran solo. Era cierto que estaba sudando porque me caía el agua por las cejas y una gota salada me entró en un ojo, y entonces saqué el pañuelo y me lo pasé por la cara y sentí un arañazo en el labio, y cuando miré era una hoja seca pegada en el pañuelo que me había arañado la boca.

No sé cuánto tardé en llegar otra vez a la Plaza de Mayo. A la mitad de la subida me caí, pero volví a levantarme antes que nadie se diera cuenta, y crucé a la carrera entre todos los autos que pasaban por delante de la Casa Rosada. Desde lejos vi que no se había movido del banco, pero seguí corriendo y corriendo hasta llegar al banco, y me tiré como muerto mientras las palomas salían volando asustadas y la gente se daba vuelta con ese aire que toman para mirar a los chicos que corren, como si fuera un pecado. Después de un rato lo limpié un poco y dije que teníamos que volver a casa. Lo dije para oírme yo mismo y sentirme todavía más contento, porque con él lo único que servía era agarrarlo bien y llevarlo, las palabras no las escuchaba o se hacía el que no las escuchaba. Por suerte esta vez no se encaprichó al cruzar las calles, y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido, así que lo puse en el primer asiento y me senté al lado y no me di vuelta ni una sola vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada. Pensaba todo el tiempo: «Lo abandoné», lo miraba y pensaba: «Lo abandoné», y aunque no me había olvidado del Paseo Colón me sentía tan bien, casi orgulloso. A lo mejor otra vez… No era fácil, pero a lo mejor… Quién sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano. Claro que estarían contentos de que yo lo hubiera llevado a pasear al centro, los padres siempre están contentos de esas cosas; pero no sé por qué en ese momento se me daba por pensar que también a veces papá y mamá sacaban el pañuelo para secarse, y que también en el pañuelo había una hoja seca que les lastimaba la cara.

FIN

Horóscopo atrasado

Géminis 5.21 6.21 “Su mente no pasará por su mejor momento. Tal vez será prudente dedicarse sólo a obligaciones domésticas. Noche feliz con actividades recreativas”.
Esta es la primera vez que el horóscopo acierta, el único inconveniente es que predice hoy lo que ocurrió ayer. Maldita reunión de trabajo. Borré todo, se perdió el archivo, me sentí más bruta que nunca y para colmo de males toca volverse a reunir para terminar el trabajo. Lo de la noche feliz con actividades: si se puede hablar de recreativas a las actividades de calentar oreja al teléfono por unas cuatro horas con los buenos amigos, si.
Frase astrológica del día: Evite una pelea por dinero.

Si, soy Lisa… y qué?

I'm just like Lisa!
I’m Lisa, who are you? by NoHomers.net

Este es el resultado de años y años de duro entrenamiento en el arte de ser nerda.

Proyecto Siloé

Esta tarde debo trabajar con un grupo de compañeros del proyecto en el que por azares de la vida y de la preocupación por mi desempleo de la Manga estoy afortunada y desafortunadamente involucrada. Si, se trata de un proyecto gubernamental…
Ya sé: que pa qué esas vainas que hace el gobierno, que no sirven, que solo duran lo que duran los políticos y mientras ellos ganan prestigio y quieren convertirse en figuras publicas quienes trabajan en ellos… etc, si. Bla, bla bla… eso no me interesa discutirlo. Para eso están los siguientes recomendados que he visto en el quejumbroso mundo blogista colombiano:
 
 
El problema grave que necesito escupir en este post es que yo en esas reuniones tengo ataques de brutez, es decir, siento horrorosa y lentamente cómo mi CI o como quieran denominar la inteligencia desciende cual nivel de azucar en hipoglicemico… es fisica la cuestion, corpórea, pues por decir de otras formas. Trato de taparme los oídos porque creo que las ideas saldrán todas de mi cabeza sin si quiera haberse dicho, como pa que quede constancia de su humilde existencia.
Dicho en muchos terminos, el asunto que me preocupa y me llena de ansiedad es no dar la talla en la reunion de diseño del proyecto, y lo peor de todo es que es en mi casa, asi que no tengo ni la mas minima posibilidad de huir!!! Carajo, quién me manda a ponerme de sapa! (variedad mutante de la rana)
Bueno, será intentar una vez más no estallar en pánico y dejar de cogerme tanto la cabeza en este nuevo meeting del grupo elegido para la bella ladera de la ciudad.
 
Continuará…
 
 
Ps. Gracias a cafeto, vapo y santiago por sus comentarios.
 
 
Frase para momentos de angustia sacada de Carmina Burana, de Carl Orff: Ánimo Bernali, la, la, la…

Anfibiocéntrica

Esta es una de esas noches en las que tengo ganas de decir que a pesar de mi soledad y mi tristeza, mi vida ha sido muy buena y hoy tiene un rumbo que no me molesta.
Han pasado tantas cosas desde que dejé de seguir viviendo asustada de mi misma: de ser deshonesta, de decir las cosas como las veo, de pensar como si sólo pudiera hacer lo correcto, de pensar que la vida debe vivirse para hacer lo que todos esperan de vos. Pues carajo, a pesar del vacío enorme que deja renunciar a todo lo que se planea y se hace y se “ama” desde siempre, la vida se ha hecho más francamente mía.
Tengo lagrimas aun contenidas. Es importante saber que en la vida las cosas no son lo que parecen, y que el peor momento de todos resulta ser siempre el mas productivo, interesante, lleno de aprendizaje… alguna vez lei a miguel bose (cada vez que hay una entrevista le echo ojo con avidez) diciendo que la felicidad es un estado del alma totalmente improductivo.
Bueno, tanto arte se ha hecho en estados de miseria y soledad, tanto arte bueno quiero decir, que me parece prudente si no sabia la afirmacion del hijo del torero… yo por supuesto, creo que los mejores momentos no son los tristes, pero si estoy convencida de que la inspiracion llega en los momentos mas dificiles de la vida, y que el hecho de desear surge justamente cuando todo lo de adentro está volviendose nudos y dolor. Por ahora, el deseo ya no se hace al lado del teléfono, con la ansiedad en la garganta, sospechando que el timbre jamás sonará de nuevo, y peor aun, convencida de que si suena no sabría ni qué decir.

Esta noche no quiero dejar de hablar de mi misma. Creo que el sentido real de las cosas se pone en palabras, y que esas palabras deben quedar afuera del cuerpo. Firmemente, casi como un credo. Asi que si el ejercicio catartico de teclear sin darle demasiado cuidado a lo que se hace se impone, debe escucharse y ejecutarse.

Asi que bien. Mi vida ha sido casi que perfecta, con pequeñas excepiones. La tarde en que naci hace 30 años mi padre y mi madre se amaban aun, y me llevaron a su casa siendo su primogenita, en la ciudad de cali, al norte. No tuve mucho tiempo sola con ellos, pero recuerdo bien la barba enorme de el y el cuidado con que ella me ponia los pañales. Bueno, quizas lo soñé. Pero recuerdo es recuerdo, sea o no confabulación.
No pasó mucho tiempo sin que llegara mi compañera de juegos; una niña rubia, larga y tranquila que resultó ser la mejor hermana del mundo.Crecí con ella, pues mi madre y padre siempre fueron a trabajar desde temprano en la mañana. Mónica me conoce mejor que nadie, mejor que mi madre o que cualquier persona que me haya amado. Pero fuimos mujeres, asi que siempre anhelé saber lo que tener un hermano sería. Las excepciones que mencionaba antes empezaron con mi padre, que tenia un gusto fuerte por los amigos y la bebida. Siempre que tomaba y sabía que no iba a ser bien recibido llegaban los mariachis a casa, con serenata para mi madre que debia levantarse a trabajar muy temprano en la mañana.
Se levanto temprano para ir a la misma oficina 28 años. Y mi papá no pudo dejar la bebida, aunque lo prometió muchas veces. Asi que una mañana mi madre y yo hicimos la maleta de ropa y libros de mi padre y la dejamos en el apartamento que habia sido de los abuelos, hasta que mi abuela murio y mi abuelo regreso a Bogotá, solo y más furioso con la vida que nunca. Tenia 9 años, y pasó como si nada.
La constante inteligencia de papa y mama hizo de monica y de mi estudiantes ejemplares, de esas que nunca dan quejas. Bueno, por lo menos durante la primaria, el unico problema era que no tenia una buena relacion con las de mi edad, excepto las nerdas.
Luego surgio la adolescencia con todas sus protuberancias y maravillosas sensaciones y llego el primer amor. Llego como parte de un plan maquiavelico, pero supo como hacer sus cosas. Me enamore de verdad a los 17, aunque desde los 6 sabia lo que era un beso en la boca. (Baul de disfraces, jardin infantil, Harold). Y la dulce rebeldía, y el saber que la identidad se hace peleando.
Y despues de eso llego la universidad, con nuevo novio y muchas dudas sobre el futuro. Tambien aprendi lo que era vivir sin la madre y sin el padre, y descubri las delicias de la amistad lejos de casa. Tambien me picaron muchas pulgas en busetas y buses, y pase hambre, y tuve problemas de plata, y todo eso que nos pasa a los colombianos proletos. Finalmente regresé a mi cali, y despues de graduarme y enamorarme 2 veces en 6 años, crei encontrar a quien amar por el resto de mi vida.
Quizas fue el deseo de tener familia propia alimentado por la nostalgia que genera alejarse de la tierra y de sus frutos, quizas fue puro miedo de la vida y de la soledad que siempre he sufrido, quizas fue afan de seguir el ejemplo de otras mujeres de mi edad, quizas fue el afan de salir de la casa materna y sentir finalmente otro lugar como mi hogar… bueno, puede haber sido todo. Entre todas esas razones no esta la mas importante: pasion. Asi que por supuesto, no fue sino el principio del fin.
Y ahora, trabajo, bohemia y vida son la misma cosa, y ahora escribir y hablar de mi se han vuelto tan necesarios como el agua y la vegetacion, y por eso la rana salta entre charcos y piedras, sin saber exactamente donde ira a parar, pero cierta en la necesidad de seguir saltando. Es una pregunta propia, que no debe ser respondida aun. Ira cogiendo forma, como este blog.

Aire, viajero universal

Y bueno, en la ruta siempre aparecen esas letras que parecen escritas por seres imposibles, pero deseados. La música es psicodélica, en el sentido estricto de la palabra. Y aunque la banda sea francesa, no caen mal. Más electrónica en el universo!!!

Universal Traveler (Air)

I know so many places in the world
I follow the sun in my silver plane
Universal traveler
If you have a look
Outside on the sea
Everything is white
It’s so wonderful
Universal traveler
So far, so far
So far away
I met so many
People in my life
I’ve got many friends
Who can care for me
Universal traveler
Just feel everywhere at home
Tomorrow Is a brand new day
Let’s go somewhere else
Universal Traveler
So far, so far
So far away

Cuento

Advertencia: Santiago me ha enviado un cuento para publicar. Los que conocen la producción de mi amigo, saben de sus temas. No apto para menores de edad ni personas con digestión sensible al lenguaje gráfico y crudo. Aquí está, Dr. Cómic.
LAS COSAS CAMBIAN

La primera impresión que me dio fue la de un hombre rústico, no solo por su procedencia humilde y su historia de vida que ya me era tan familiar sino por los trabajos que había llevado a cabo hasta el momento… fue sargento de la policía mucho tiempo y luego se había convertido en detective privado, ahora era el propietario de una cantina ubicada en un sector de la ciudad no muy recomendable; sin embargo, debo anotar que era mi lugar predilecto, solía pasar la tarde acodado en la sucia barra engullendo una cerveza barata mientras esperaba que pasaran las horas antes de volver al tedio de mi casa.

Durante semanas este sitio se había convertido en mi refugio, un espacio hostil y turbulento que paradójicamente se convertía en un oasis al cual acudir cuando los problemas en mi hogar llegaban al extremo de asolar mi alma y mi ánimo… pero hablar sobre mí resultaría aburrido, prefiero hablar del lugar en el que me hallaba y en especial de su dueño, de él y de la historia que surgió cuando iniciamos una inesperada conversación, no recuerdo qué la detonó, pero si tengo grabada en la memoria la sucesión de hechos que me soltó de pronto, con la intempestiva arremetida de una tormenta tropical.

John Sloane: McSorley’s Bar (1912)

Recuerdo que le estaba hablando de los miedos, de lo espantoso que resultaba vivir el día a día sin la menor esperanza de un cambio; fue entonces cuando soltó el vaso que estaba limpiando con fruición y se acercó a menos de veinte centímetros de mi cara, me escrutó con una mirada de agente del orden heredada de sus trabajos previos, detallé por un momento las cicatrices que marcaban su cara ruda y descubrí por primera vez un brillo inerte en su ojo izquierdo, me vi reflejado en mi miniatura en una muy bien lograda esfera de vidrio. Abrió la boca poblada de dientes pequeños y amarillos y sin aviso comenzó un relato que parecía reposar entre sus labios a todo momento.

-“Vea”- comenzó -“ usted es joven y parece haber llevado una vida dura, pero le cuento que debe estar agradecido de eso, nunca se preocupe de los cambios porque a veces no son tan buenos como uno quiere, yo era detective, creo que eso ya lo sabe, aquí lo saben todos, y durante años trabajé en casos comunes de engaños amorosos, perros perdidos y toda clase de pendejadas, yo también quería un cambio, necesitaba un caso que me hiciera sentir importante, que exigiera un trabajo de verdadero detective y sin mucho esfuerzo ese reto me llegó un día cuando me pidieron investigar la muerte de la señorita López Rodríguez”.

Sin aviso, como parecía ser su costumbre, se inclinó detrás de la barra y sacó una botella de vodka a medias, dejó a un muchacho macilento y medio cretino en cargado de la barra y me conminó a que nos sentáramos en una mesa, yo asentí sin el menor reparo y con la satisfacción de “aplicarme” algo más que una cerveza esa noche. Nos sentamos en una esquina del bar y mientras él me ofrecía un vaso a medio llenar, continuó su intrigante relato (de modo intempestivo obviamente).

-“Vea”- siempre comenzaba así- “hay cosas allá afuera que no son lo que parecen y es mejor hacerse el pendejo y dejar que pasen, yo tenía el don de buscar lo que no se me había perdido y el caso que me llegó era bien complicado y me interesó desde el principio… imagínese lo siguiente y me dice si no; por allá en el noventa fue muy sonado el homicidio de la señorita López Rodríguez, una monita bien bonita de veinte años que se había quedado sola a cuidar la casa de unos parientes mientras ellos se iban un mes de vacaciones, la niña no era tan señorita entre otras cosas, tenía su famita y cuando uno ve las fotos se da cuenta que era candidata fija para violación, además me contaron que andaba con unos vagos de lo más dañados”.

Se detuvo para encender un cigarrillo que le ofrecí y mientras estudiaba sus acciones me percaté de un detalle nuevo, a mi interlocutor le faltaban dos dedos en la mano izquierda, el índice y el anular estaban cortados hasta la segunda falange, él pareció advertir mi descubrimiento pero calló y en su rostro adusto se dibujó una sonrisa mórbida y cruel enmarcada por un sin fin de arrugas prematuras y cicatrices, me soltó una bocanada de humo en el rostro y retomó su historia.

-“Vea, todos tenemos nuestras vainas en lo que al sexo se refiere, bueno, no sé usted que opine de eso pero si algo aprendí en mi oficio fue acerca de todas las porquerías que se pueden hacer para “sazonar” un polvo… yo ya estaba más que curtido en ese asunto y el homicidio de la niña esta me recordó muchas de esas cosas. El reporte oficial fue que la encontraron en la habitación principal de la casa sobre la cama, estaba completamente desnuda, amarrada a los cuatros palos y con un trapo grueso y sucio apretado en la boca. Hasta ahí todo típico y normal en cuestión de crímenes sexuales, pero luego comenzaban a aparecer los detalles miedosos; En primer lugar, los ojos de la niña estaban secos como los de los gatos atropellados, ¿los ha visto?, Bueno si no, espero que se imagine unos ojos que parecen bolas de ceniza apelmazada, sin brillo ni color. Y el otro dato daba asco, el reporte decía que entre el tórax y el abdomen de la víctima no había nada, y me refiero a nada de nada, le habían abierto un hueco y se habían llevado todo, se podía ver la sábana debajo y lo mejor del cuento… ni una sola gota de sangre”.

Se levantó de la mesa sin aviso y trajo algo, una foto que puso de pronto sobre mi regazo, miré la fotografía y en ella aparecía una joven mujer vestida con blue jeans, botas altas de cuero negro y una chaqueta de gamuza, su cuerpo era armonioso, era rubia, de cabello corto y en su rostro se dibujaba una sonrisa pícara, si, efectivamente, tenía cara de perra, de niña loca y fácil que excitaba la mente de los hombres que la veían, no pude evitar una erección y me sentí conflictuado al imaginarla en la situación descrita por mi siniestro contertulio.

-“Como le decía, no había ni una manchita, solo el hueco donde debía estar el estómago y los intestinos, eso era raro y lo peor fue cuando le quitaron la mordaza… el agente que lo hizo reportó que al quitarle el trapo se escurrieron de su boca ríos de gusanos y de bichos mezclados con un pus verde, tanto que el proceso de levantarla de la cama fue casi como arrancarla, usted me entiende, todo ese líquido podrido pegado a la sábana, en fin, toda una mierda”.

Se detuvo para toser y prosiguió –“ vea que la cosa era complicada, imagínese el lío que se armó cuando la familia llegó y se encontró con su “niñita” en semejante estado, ellos querían aclarar todo, saber que había pasado y no contentos con el reporte oficial decidieron dirigirse al suscrito para que encontrara alguna pista de semejante crimen. Al principio me lo tomé bien, era el reto que buscaba y me dediqué a indagar entre las amistades de la susodicha con resultados muy pobres, sus ex amantes no parecían tipos capaces de hacer algo así, todos llevaban vidas muy corrompidas pero eran tan idiotas que no merecían ni siquiera una investigación a fondo… entonces se me ocurrió buscar un poco en el pasado de la familia para ver que salía, allí fue cuado la cosa se puso interesante y peligrosa al tiempo”.

De nuevo otro alto en el camino para ir por una segunda botella, esta vez de tequila, y aunque me comencé a marear un poco, la historia estaba tan interesante que mantuve mis menguados sentidos abiertos a lo que llegara. Cuando volvió a la mesa le devolví la foto y este la dejó sobre la mesa como quien rechaza un pastel rancio, sirvió el tequila y yo le obsequié otro cigarrillo con una cortesía que a mí mismo me sorprendió, estaba comenzando a sentirme frente a un amigo que me estaba dando un largo y detallado consejo que no acababa de entender pero que valía la pena escuchar hasta el final.

-“Cuando me metí a indagar en la casa al comienzo no encontré nada que me diera una base para investigar, todo parecía normal, una familia sin mayores misterios pero lo que me puso a pensar fue que llevaban poco tiempo viviendo en esa casa, la habían heredado de un abuelo que vivió solo muchos años y murió en la habitación principal de extraña manera… para serle franco no creo en fantasmas ni carajadas de esas, pero me pareció curioso el modo en que murió, o más bien dicho, en que desapareció… ¿sabe usted que son los Druidas? ; bueno, yo no tenía ni idea de eso pero averigüé que el viejo coleccionaba libros y cosas sobre una cuestión toda mística de unos tales Celtas”.

Me comencé a sentir un poco perdido en la historia, sabía que eran los Druidas, mis lecturas ociosas me habían llevado por toda clase de caminos; sin embargo no acababa de entender como encajaban los Druidas en semejante historia. Mi nuevo amigo lo percibió con una mirada cómplice proveniente de su ojo bueno, hizo un alto en el relato y metió la mano en su bolsillo para sacar un recorte de periódico que parecía cargar desde siempre como se carga una identificación o en su caso, un revolver. Me extendió el papel y empezó a soltarme una serie de datos y fechas que confirmaban sus conocimientos aprendidos de memoria sobre los celtas y los Druidas, luego, tal vez satisfecho de su breve cátedra continuó.

-“Vea lo raro, no se puede imaginar lo contento que estaba de poder agarrar una historia que se complicaba tanto, me tocó leer mucho y al fin supe que lo que obsesionaba a ese viejo era el mito de la vida eterna, de vivir después de la muerte y otras pendejadas como esa… pasé días enteros y bien pagados examinando la escena del crimen hasta que decidí trastearme a vivir en esa casa con el permiso de la familia que no entendía muy bien lo del asunto investigativo pero que quería respuestas. Yo no sabía si había dado con algo pero me “olía” que el tal viejo no había muerto, que estaba escondido en alguna parte de la casa y si lo descubría me iba llenar el bolsillo con una buena recompensa y tendría el prestigio que tanto necesitan los detectives para que sus antiguos colegas de la “poli” no los miren como una caca, quería darle un revolcón a mi vida, y lo hice, claro que no como yo quería”.

Mi vejiga me jugó una mala pasada y pedí un momento a mi cada vez más exaltado amigo para ir al baño. Frente a la tasa sucia mi mente era un remolino de cosas extrañas y me preguntaba el por qué de seguir allí, escuchando a este tipo como si la vida le hubiera asignado la tarea de contarme esa historia llena de Druidas, nenas y viejos. No captaba aún el valor de sus palabras y eso me retenía para conocer el mensaje del relato y aplicar la enseñanza o mandarla al carajo, según fuera el caso. Salí del baño y me acomodé de nuevo en la silla para ser arremetido de inmediato por la continuación del relato.

-“Como le contaba, me instalé en la habitación de huéspedes para esperar cualquier cosa rara que pasara, cambié mis horas de sueño y me la mantenía en vela caminando por toda la casa, esperando que el viejo hijueputa asomara el pico… pero no pasó nada, pensé que había perdido el tiempo cuando a la quinta semana escuché un ruido en la habitación principal que se mantenía clausurada hasta para los que vivían allí. Al principio escuché unos como gemidos, luego un golpe seco y luego otra vez silencio, decidí entrar con cuidado y al prender la luz se me cayó el arma que tenía en la mano de la impresión, en la cama estaba el cuerpo desnudo de la empleada del servicio en el mismo estado en que debieron hallar a la López Rodríguez, me armé de valor y de revólver (¡je!) y cerré la puerta detrás de mí, me acerqué a lo que quedaba de la pobre niña, me fijé en el hueco que tenía en el estómago y ahí fue que noté la cosa, algo así como un hilo de baba que le salía del cuerpo y subía como tela de araña hasta el techo…”

Se atoró de la risa en ese momento, me miró con orna como quien ha dado con una lave tan sencilla y elemental que se siente un imbécil al descubrirla, más o menos como yo me sentía pues no estaba entendiendo nada; Sin embargo, él era muy observador y sin dejar de reír me invitó a apurar el tequila, tal vez porque la siguiente parte del relato tenía que recibirla con algo fuerte recorriendo mis entrañas.

Egon Schiele: Death and the Maiden (1915-16)

-“Nadie mira el techo en la escena de un crimen, al menos no se ocurriría pensar que una pista pudiera venir de allí, pero cuando miré el techo me di cuenta de algo extraordinario y chocante a la vez, en el cielo raso aparecía dibujado un viejo que creo era el dueño de la casa con una sábana envolviéndolo y con una corona de laurel en la cabeza… así como en los dibujos donde aparecían los tales Druidas, el viejo miraba hacia abajo y de la boca pintada pude ver el origen de la baba, me hice a un lado y no se por qué me dio por cortar la baba con el dedo… entonces le juro por lo más sagrado que el dibujo se comenzó a mover, el viejo se retorcía como loco y yo mientras tanto me caía al piso y me orinaba del miedo o del asco y comenzaba a llorar, luego de eso el viejo se despegó del techo y comenzó a chillar”.

Se me quedó mirando a la cara, se tocó el ojo de vidrio con su mano buena y lo sacó de la orbita para ponérmelo enfrente para que yo viera quien sabe que cosa, quizás a mí mismo en el reflejo con mi cara lánguida y pálida por el horror que me producía lo que contaba. No sabía si creerle o no pero la imagen se formaba en mi mente y me daba escalofrío el solo hecho de pensar que en algún lugar del mundo algo así pudiera pasar.

-“Vea esta joya”- dijo aludiendo a su ojo –“me lo gané yo solito cuando me dio por pararme y dispararle al dibujo… ¿sabe lo que pasó?, frente a mis ojos volaron unos cortaplumas que estaban en la mesa y se me enterraron en la cara como si yo fuera de mantequilla, allí se fue mi ojito y medio tabique, me caí para atrás con un dolor que me dejó como tonto y cuando intenté pararme me agarré a una foto de ese viejo de la puta mierda”- se detuvo de nuevo y puso su mano mutilada sobre la mesa –“ allí se fueron mis dos dedos pues le aseguro que la foto abrió la boca y me los comió de un solo mordisco, cuando cayó al piso la vi sonreír y mientras me revolvía en el suelo conteniendo la hemorragia y sacándome cosas de la cara el viejo se puso al lado mío, se quedó parado ahí, parecía como de cartón, era plano y se movía como un títere… caminó un rato por el cuarto, llegó a la ventana y se deslizó por la rendija como si fuera una carta, en ese momento los López entraron y si no fuera porque uno ellos también alcanzó a ver la cosa me habría chiflado ahí mismo”.

Se detuvo como quien ha olvidado algo y de nuevo hurgó sus bolsillos para extraer una foto que depositó sobre la mesa con cierta ceremonia, era un daguerrotipo bastante antiguo donde se veía claramente el rostro de un hombre de barba puntiaguda, perfil griego y frente despejada; la expresión era adusta y los ojos parecían mirar hacia donde yo estaba. No sé si fue efecto del alcohol pero me sentí observado y creo vi moverse esos ojos de un lado para otro con la desesperación propia de quien está enjaulado, las palabras de mi amigo aumentaron mis temores.

-“Ya no es como antes, este fue el que se comió mis dedos, creo que cuando el viejo se escurrió por la ventana comenzó a perderse el poder que tenía sobre las cosas que tenía en su cuarto… ahora solo mira y mira sin poder hacer nada, es un recuerdo que conservé para que no se me olvide lo que pasa cuando uno quiere que su vida cambie”.

Le extendí la mano y de improviso me levanté como empujado por un resorte y sin vacilar me apoderé de la foto de la señorita López Rodríguez, él no dijo nada, sonrió como si esperara que hiciera eso, me guardé la foto en el bolsillo para tener a la mano un recuerdo palpable de esa extraña conversación y salí de allí con el temor de que mis plegarias fueran escuchadas y mi vida cambiara como lo había hecho la de mi fugaz amigo.

FIN

Sorpresa

Anoche sin querer me encontré con una belleza que realmente me sorprendió pues lo único que buscaba era reírme un rato a costa de las payasadas a las que todo fan se acostumbra despues de ver a Topher Grace en That 70’s show.
In Good Company es una película que supera las expectativas y jamás cae en la predictibilidad digna de tantas otras películas gringas del corte “historia de amor de dos jóvenes exitosos en busca del significado de la vida en Manhattan “. Para nada. Aunque si, claro, los gringos caen siempre en repetirse a sí mismos a través de la narración llena de cafeína del afán occidental de hacer y hacer y lograr y tener y comprar y etc., se logra una historia convincente con actuaciones muy interesantes. Y además llena de un humor delicioso.
Recomendada, para aquel(la) yuppie criollo(a) que anda por ahí convencido(a) de que la cuestión de la vida moderna está resuelta a los 26 años.